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Todos somos migrantes

Después de 4 meses de trabajo intenso y recaudación de fondos, llegamos a Chiapas el 9 de febrero para llevar ayuda humanitaria a los migrantes que cruzan nuestro país en búsqueda de mejores condiciones de vida. Llegamos sin posturas políticas, solo humanitarias.

Una agenda muy apretada de visitas a casas de migrantes, a centros de asistencia a la infancia y a la tercera edad fue lo que vivimos. Innumerables anécdotas que podemos relatar; llegamos unos, nos fuimos otros. Tal como lo dijo uno de los alumnos: “Recibimos más de lo que fuimos capaces de dar y eso que dimos mucho”.

Solamente les doy un pequeño fragmento de experiencia para que puedan entender la trascendencia e intensidad de esta misión. Textualmente sale de mi corazón al terminar una jornada cargada de sentimientos:

En nuestro segundo y último día de misión, visitamos el centro de detención “La Mosca”. Aquí “viven” hacinados los migrantes esperando que se aclare su situación jurídica; digo “viven” porque ese es un término demasiado benévolo para la realidad. Pudimos mirar de reojo, porque nadie -ni si quiera ACNUR- tiene permiso de verlo por dentro. No es difícil entender que los Derechos Humanos no alcanzan a cruzar esa puerta.

Un servicio médico sin medicamentos y con una camilla cubierta por una sábana sucia. Su acceso a la salud no solo es precaria, es ausente; los alimentan una vez al día y no pueden salir a tomar el sol. El hacinamiento trae olores, estrés, humedad, enfermedades. Bien dijo alguno de mis alumnos: vivirían mejor si estuvieran en prisión.

Nos contó una madre que, a su llegada, les quitaron todos los medicamentos para su hijo que tiene microcefalia.

El tiempo transcurre lentamente en ese lugar, y la incertidumbre es su peor enemigo y al parecer, su única compañía; su más dolorosa lección es que tienen que aprender a esperar porque la realidad es que una vez que te avientan en ese hoyo, para el mundo es más fácil pretender que no existes. Se acordarán de ti cuando haya nuevos migrantes “ilegales” que meter y necesiten ocupar tu espacio.

Y sí, unos vienen llegando y otros ya tienen más de 20 días sin saber a ciencia cierta qué les depara la vida a partir de ahí. Lo que sí tienen en común es que el destino los alcanzó a todos parejo.

Me tocó conocer dos chavitos, amigos de 13 y 14 años que salieron juntos de Honduras. El más chico se soltó a llorar inconsolablemente: “yo sólo quería ayudar a mis papás a salir adelante”.

Luego, me tocó ver una madre con dos hijas pequeñas quienes la veían con angustia cada vez que se soltaba a llorar. Una de ellas lo hizo cuando le preguntamos que cómo estaba. Tanta infancia por delante y tan estrecho su futuro. Admiré profundamente su valentía por sacrificarlo todo, por darle mejores oportunidades a sus hijas.

También vi hombres llorar. Esos “machos” cuya cultura les dice que no pueden hacerlo. No solo se quebraron, también nos abrazaron. Uno nos dijo: “yo solo tuve la mala suerte de nacer pobre”.

Finalmente, en la última ronda de visitas, hicimos una dinámica con 9 mujeres a donde tuve la dicha de ser parte de ella. Nos pidieron que nos abracemos todas juntas y muy fuerte. Por única ocasión, me sentí igual de vulnerable que ellas, pero con el mismo ímpetu de mujer de salir adelante.

Transcurren en mi cabeza tantas historias y no quiero dejar ninguna fuera, porque siento que en el momento que olvide alguna de ellas, estoy rompiendo con mi promesa de darle nombre y apellido a la situación de los migrantes.

Pero lo que sí sé es que mis alumnos trascendieron como seres humanos y también fueron capaces de “cacharme” cuando el alma ya no me daba.

Cierro con algo que he reiterado anteriormente: “Los migrantes NO son estadísticas. Hay historias e hijos abandonados, y muchas lágrimas y sueños y deseos de superación. Por ellos, por favor seamos más humanos y menos políticos”
















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