Parashat

Jonathan Gilbert | 16/04/2018

Tercer hábito: Establecer primero lo primero.

¿Se permite cometer suicidio con la intención de ser enterrado honorablemente entre otros judíos? ¿Qué debe hacerse con el cuerpo de una mujer embarazada asesinada? ¿Se puede tener provecho de la ropa de mártires judíos asesinados? ¿Es permitido sobornar a un oficial nazi para eliminar un nombre de la lista de deportación si eso significara que otro nombre, al azar, será incluido en la lista?

Estas y otras desgarradoras preguntas eran presentadas diariamente a las autoridades rabínicas en tiempos de la shoa.

La shoa es una historia de heroísmo. Pero el heroísmo, como las demás grandes virtudes, no siempre es reconocido a primera vista. Y hemos pecado históricamente al silenciar la más grande de las virtudes, la más feroz de las resistencias, el más heroico combate: la lucha por mantener la dignidad humana frente a la personificación misma del mal. Algunos de nuestros grandes héroes lucharon con armas de fuego y metal. La gran mayoría lo hicieron con armas del espíritu.

En ningún lugar queda esto más claramente representado que en las respuestas halájicas que fueron celosamente compiladas por héroes de la humanidad como Rab Efraim Oshry, sobreviviente lituano que continuó orientando espiritualmente a los prisioneros del Gueto- Campo de Concentración de Kovno durante los años que duró la guerra.

Rab Oshry anotó cuidadosamente las preguntas y respuestas que, luego, enterraba en latas con la esperanza de revisarlas si llegaba a sobrevivir. Milagrosamente (a diferencia de su esposa e hijos) Rab Oshry sobrevivió, recuperó parte de estas preguntas, las revisó y publicó en 5 volúmenes bajo el título de “Sheelot U’Tshuvot MiMaamakim” (Preguntas y Respuestas desde el Abismo).

Estos volúmenes, así como otros de similar origen, sirven como eterno memorial del abrumador heroísmo de aquellos que lucharon hasta el último aliento por seguir viviendo como judíos honestos fieles a la Ley de la Torá. Su implacable moral y absoluta devoción solo puede comprenderse con el trasfondo de la barbarie nazi. Solo un sistema de absoluta maldad puede exigir un compromiso de tan sublimes proporciones.

Durante más de 70 años nos hemos hecho la misma lacerante pregunta: ¿Dónde estaba Di-s en la Shoa? Varios siglos antes, el gran sabio Chiya Bar Ami dijo en nombre de Ula “Desde el día en que fue destruido el Beit Hamikdash, no tiene Hakadosh Baruj Hu en este mundo más que los 4 amot(codos) de halajá” (TB Brajot 8a). Es decir, después del Beit Hamikdash, reconocer la presencia de Hashem en un mundo en el cual el mal prolifera es una difícil tarea. Para lograrlo, es necesario observar precisamente ahí, donde de desea seguir sus caminos, los simbólicos 4 codos de halajá.

Cuando proféticamente Moshé vio la tortura y asesinato del gran Rabi Akiva a manos de los romanos, Moshé se quejó amargamente con Hashem: “¿esta es la Torá y esta es su recompensa? -preguntó. “Silencio” –Respondió el Creador, “así he decidido” (TB Menajot 29b). Rabi Akiva murió diciendo el Shema Israel, cumpliendo por primera y única vez el mandamiento de amar a Hashem con toda el alma, incluso cuando ésta le está siendo arrebatada.

El sufrimiento de los justos nos ha atormentado al menos desde que Moshé supo del crudo final de Rabi Akiva. Pero así como Rabi Akiva murió con la firmeza que solo quien sabe que defiende el ideal del Bien en el mundo puede tener, los mártires de la Shoa vivieron y murieron con una similar convicción. Sus preguntas y respuestas, sus 4 codos de halajá, son testigos de ello.

¡Shabbat Shalom!



Jonathan Gilbert

Coordinador de Hebreo y Estudios Judaicos

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