Parashat

Jonathan Gilbert | 16/10/2017

La trampa de la felicidad: una reflexión para Sucot, Shmini Atzeret y Simjat Torá | Hábito 7: Afilar la sierra

En el año 2000, se publicaron solamente 50 libros sobre la felicidad. Ocho años más tarde, la publicación ascendió a 4 mil. Mientras tanto, la obsesión por la psicología positiva ha desplazado escuelas psicoterapéuticas considerablemente más sólidas, creativas y rigurosas. Las universidades más importantes del mundo han incorporado materias dedicadas específicamente a la búsqueda de la felicidad. Un ejército de gurús, coaches, y terapeutas autonombrados “expertos en felicidad” empiezan a deambular por el espacio físico y virtual. “Ser feliz” se ha convertido en, prácticamente, la meta principal del mundo entero. Índices que miden el desarrollo económico de los países han venido perdiendo terreno frente a índices como el Reporte Mundial de Felicidad de Naciones Unidas.

No es sorprendente que esta obsesiva búsqueda de la felicidad coincida con un acelerado crecimiento de la infelicidad. Naturalmente, la infelicidad no es la consecuencia, sino el motivo para el creciente interés en el tema. La promesa que abanderó el American Dream nunca se materializó. Al menos en los países industrializados, en los últimos 40 años hemos presenciado un acceso inaudito a bienes materiales y servicios. Tenemos el doble de autos per cápita, salimos a restaurantes con el doble frecuencia y tenemos en nuestro bolsillo teléfonos con tecnología que, hace tan sólo una década, hubiera costado varios millones de dólares fabricar y hubieran sido de uso exclusivo de la NASA. Aun así, la felicidad no llegó.

Mueren más personas por suicidio que por guerras u homicidios en el mundo, casi un millón al año. En The Unheard Cry For Meaning, Viktor Frankl refiere que el 85% de los estudiantes universitarios que intentaron suicidarse, citaron la “falta de sentido” como su motivación principal. 45% de los estudiantes estadounidenses refieren haberse sentido deprimidos y el 95% sentirse abrumados o excedidos. Evidentemente, la proliferación de material respecto a cómo alcanzar la felicidad no ha sido de gran ayuda, o al menos ha sido insuficiente.

No obstante, a pesar de no haber logrado detener esta epidemia de insatisfacción, la investigación en materia de felicidad ha arrojado datos de gran interés. El primero y más fundamental, que nuestro sentido común es un terrible instrumento para tomar decisiones respecto a donde encontrar la felicidad. Dedicamos enormes recursos a actividades que, en el mejor de los casos, tienen un impacto marginal en alcanzar una vida feliz.

Sucot y Shmini Atzeret son llamados por nuestros Sabios Zman Simjateinu, “el tiempo de nuestra felicidad”. Desde hace 2000 años, aproximadamente, se celebra Simjat Torah, fiesta en la cual culmina la lectura pública anual de la Torá y comienza un nuevo ciclo de estudio (Simjat Torah, a diferencia de las otras dos, no es de origen bíblico sino rabínico. Los Sabios establecieron que coincida con la celebración de Shmini Atzeret, lo cual causa confusión en algunas personas). Si bien el tema de la felicidad está presente a lo largo del calendario judío, estas tres fechas parecen haber recibido una porción mayor, haciendo aún más pertinente una reflexión sobre el tema de la felicidad desde la perspectiva judía e incorporando algunas de las lecciones aprehendidas en más de una década de insaciable búsqueda de vidas más felices. Me limito a una breve reflexión por cada festividad e invito al lector a continuar su exploración del tema.

Sucot: La felicidad no es un destino.

Uno siempre está a unos metros de alcanzar la felicidad… o a un bien, o un logro de distancia. Pero, como el legendario oasis del desierto, no es más que un espejismo. Apenas uno lo alcanza, éste ya se ha alejado unos pasos más. Cuentan que el famoso poeta chino Li Po, amante del licor y de la luna, murió al tirarse de su barco, tratando de abrazar el reflejo de tan hermoso astro.

Al igual que Li Po, muchos perecen en el intento de abrazar una ilusión. No comparto la opinión de los cínicos que ven en el materialismo del hombre sólo su egoísmo. Yo veo una búsqueda desesperada por ser felices, por abrazar a la luna. Esa misma capacidad de resiliencia que nos sorprende cuando funciona para hacer frente al dolor y la pérdida, nos frustra cuando se muestra igualmente tenaz para acostumbrarnos al éxito obtenido y a los bienes adquiridos. El placer no dura y, como el hambre que vuelve hasta después del mayor banquete, nuestra insatisfacción con lo que tenemos vuelve al poco tiempo después de haber llegado a donde creíamos que la felicidad nos recibiría mansamente.

Sucot nos ayuda a escapar de la trampa. Dormir 7 días bajo la luz de las estrellas y sin la anhelada protección del hogar habitual nos recuerda que la felicidad se puede hallar también ahí, donde solo esperábamos molestias. Si no somos intrínsecamente más infelices en la intemperie, podemos suponer que tampoco seremos más felices con una casa más grande ni más lujosa. Suena contra-intuitivo, pero los estudios lo corroboran una y otra vez: después de un nivel mínimo de confort, no existe correlación alguna entre ingreso y felicidad.

Shmini Atzeret: La felicidad está en el otro

El “Estudio Grant” es el estudio longitudinal de la vida humana de mayor duración en la historia. Por casi 80 años, un grupo de investigadores de Harvard ha seguido a 286 individuos desde la adolescencia hasta, en la mayoría de los casos, su muerte. De forma minuciosa han registrado el curso de sus vidas y han considerado los aspectos físicos, psicológicos y sociales de cada uno de ellos.

Robert J. Waldinger, cuarto director del proyecto desde que éste comenzó, compartió lo que para él son las lecciones más valiosas de tan extenso y multimillonario estudio: Las personas con buenas relaciones son más felices que las personas con cualquier otro indicador de vida. Con la extraordinaria perspectiva que un estudio de esta naturaleza puede proporcionar, los investigadores notaron que aquellos que habían llegado al final de sus vida sanos y felices no eran aquellos que en su juventud habían alcanzado fama, riqueza o estatus, sino aquellos que habían reportado sentirse contentos con sus relaciones íntimas.

Shmini Atzeret viene a cerrar el frenesí de los días de Sucot. Durante los tiempos del Beit Hamikdash, la actividad durante los primeros 7 días de la fiesta era incesante, ofreciendo 70 sacrificios, correspondientes a las 70 naciones del mundo. Durante el último día, Shmini Atzeret, la actividad bajaba considerablemente. Las fiestas propias de Sucot llegaban a un final y se ofrecía un último sacrificio, aquel correspondiente al Pueblo de Israel. Nuestros Sabios interpretan la intención de esta última fiesta; es la fiesta en la que H’ le dice a Su Pueblo “Me cuesta trabajo verlos partir. Quédense conmigo un día más, juntos en este ambiente de tranquilidad e intimidad”.

La experiencia nos dice que la soledad puede experimentarse aun estando rodeados de gente. Lo que importa no es la cantidad sino la calidad de nuestras relaciones. Nuestros Sabios afirman que no hay relación más poderosa y de mayor intimidad que la que el Hombre puede alcanzar con su Creador. “Me cuesta verlos partir” dice el Creador del Universo, nuesto Padre, “Mi relación con ustedes es de cercanía y de intimidad”. Eso, coincidiría Waldinger tras 78 años de trabajo, es el secreto de la felicidad.

Simjat Tora: No hay felicidad sin propósito

John D. Rockefeller decía que la felicidad se encuentra en dos simples principios: encontrar aquello que nos apasiona y dedicar toda el alma a hacerlo de la mejor manera posible. Cometemos el terrible error de pensar que la felicidad es el producto de la acumulación de actividades placenteras, mientras que la felicidad es la acumulación de actividades significativas. La crianza de niños, por ejemplo, es un periodo de enorme satisfacción compuesto de un sinfín de actividades difíciles y agotadoras. La verdadera felicidad cobra sentido en el largo plazo.

Según Amy Bloom, “el verdadero problema con la felicidad no radica en quienes la buscan ni sus libros, sino en la felicidad misma. La felicidad es como la belleza: parte de su gloria reside en su fugacidad”. Y, como la belleza, la felicidad no puede separarse en sus componentes, sino que forma parte de un todo mayor que la suma de sus partes, una estética de la felicidad, unida por la idea de propósito.

La felicidad, entonces, está en el proceso, en el devenir de un propósito. La expectativa y la lucha son al menos tan importantes como la meta. Pero el camino es incierto y la felicidad tiende a esfumarse ante dichas circunstancias. Es por ello que nuestros Sabios vieron en el concepto de bitajón (certeza de que H’ maneja Su mundo y no lo abandona a su suerte, ni a las vidas de las personas que lo habitan) el único antídoto frente a la angustia del camino. Por ello que el Maharal de Praga considera que la felicidad es un buen indicador del nivel de bitajón: no hay manera de ser feliz sin bitajón, y en la medida en que éste último se fortalezca, también lo hará nuestra felicidad. Solo cuando confiamos en el conductor podemos detenernos a disfrutar del camino.

La Torá es la fuente última de propósito. En Simjat Torá celebramos la alegría de haber terminado para darnos cuenta de que ese es sólo el inicio del camino. La tradición es, inmediatamente después de terminar, comenzar a leer el primer capítulo de Breshit; la felicidad está en el devenir. ¡Y que propósito más noble, más colosal que comprender al Creador del universo! Que propósito más apasionante que descubrir, poco a poco, las sutilezas de Su Sabiduría, para hacer de nuestras vidas y de nuestro mundo, un mundo mejor.

¡Que tengamos el mérito y la sabiduría para evitar las trampas de la felicidad, encontrándola en todo su esplendor y logrando vidas plenas y llenas de propósito y satisfacción!

¡Shabbat Shalom!



Jonathan Gilbert

Coordinador de Hebreo y Estudios Judaicos

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